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sábado, 11 de octubre de 2014
viernes, 21 de marzo de 2014
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
En esta ocasión, el apartado al que hace referencia la siguiente reseña de Guelbenzu es el de los orígenes de la novela policíaca. En ella se habla del libro Cuentos de detectives victorianos. Varios autores. Selección y prólogo de Ana Useros. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Alba Editorial. Barcelona, 2014. La reseña se publicó el 8 de marzo de 2014.
La mayoría de los autores aquí recopilados han pasado a la historia tras cumplir con su momento de gloria; de hecho, solo sobreviven Dickens, Wilkie Collins, Conan Doyle y, en menor medida, M. P. Shiel. Esto hace doblemente interesante la antología porque despliega ante nosotros un material, si no perdido, sí olvidado. Y lo cierto es que leyendo estos cuentos vamos a encontrar interesantes historias que conforman el caldo de cultivo de un género que alcanzó su máxima sofisticación en la primera mitad del siglo XX.
Los detectives que pueblan estos relatos son hombres esforzados que persiguen delincuentes con más tenacidad que ingenio. Hay carreras, persecuciones, mamporros y bajos fondos o persecuciones rurales por doquier. Los mismos Dickens y Collins se dedican a presentarnos a los policías como un equipo de decididos defensores de la ley y el orden, de manera un tanto naif en el primero y con un excelente sentido del humor en el segundo. Pero lo cierto es que, en el conjunto de autores, lo que encontramos son los temas y tipos que harán del género una literatura de éxito y el paso de la aventura folletinesca al relato deductivo.
Por ejemplo, ¿quién iba a sospechar que ya en la época victoriana había mujeres detectives? Pues ahí están la Loveday Brooke del relato de C. L. Pirkis o la detective profesional Dorcas Dene, que dispone hasta de un redactor de sus aventuras, lo mismo que Holmes dispone de Watson. No es la única, también el Martin Hewitt de Arthur Morrison dispone de cronista y, en su caso, se trata de un detective deductivo a lo Holmes aunque más pegado a la realidad. Hay policías que cuentan sus casos, como sucede en los relatos de McLevy, aunque son simples porque Scotland Yard está recién creado y no importa tanto la sorpresa como la creación de un clima. El que firma Waters introduce por vez primera análisis de laboratorio y estudio de pistas; y tenemos ejercicios de desencriptamiento de un texto como en el caso de Forrester. Hay aventuras puras, como en el caso de ‘La misteriosa pierna humana’, donde la emoción procede de la necesidad de evitar que una carta llegue a su destino, muy a lo Collins, dentro de un chantaje. Hay autores como Grant Allen, de enorme cultura y decidido darwinista, que se revela como un autor sutil, ingenioso y bromista, y no faltan ni un secreto del pasado ni el detective diletante, deductivo, rico por su familia y opinante sobre todo lo divino y humano como el príncipe Zalesky de Shiel, que todo lo resuelve desde su chaisse longue. También disponemos de una escritora, caso todavía infrecuente en el género: Ellen Wade.
En resumen: un libro inexcusable para los amantes del género. Y para los que no lo son. Al fin y al cabo, el misterio es siempre el misterio.
EL MISTERIO ES SIEMPRE EL MISTERIO
EL GÉNERO DETECTIVESCO nació y se
consolidó en la Inglaterra
victoriana, aunque hay que reconocer que mantiene algunas deudas con ciertos
autores franceses como Emile Gaboriau o Gaston Leroux, y aunque reconozcamos
igualmente que el primer ejemplo de detective deductivo se concibió en
Norteamérica, de la mano e imaginación de Edgar Poe; lo cual tampoco es tan
claro, como demuestra el primer relato de esta antología, La cámara secreta, de
William Burton, que plantea por vez primera un asunto clásico: el problema de
la habitación cerrada. Pero, en definitiva, lo importante de esta antología es
el acierto con que nos introduce en el mundo y momento en que nace y se
desarrolla el más famoso de los detectives del mundo: Sherlock Holmes.
La mayoría de los autores aquí recopilados han pasado a la historia tras cumplir con su momento de gloria; de hecho, solo sobreviven Dickens, Wilkie Collins, Conan Doyle y, en menor medida, M. P. Shiel. Esto hace doblemente interesante la antología porque despliega ante nosotros un material, si no perdido, sí olvidado. Y lo cierto es que leyendo estos cuentos vamos a encontrar interesantes historias que conforman el caldo de cultivo de un género que alcanzó su máxima sofisticación en la primera mitad del siglo XX.
Los detectives que pueblan estos relatos son hombres esforzados que persiguen delincuentes con más tenacidad que ingenio. Hay carreras, persecuciones, mamporros y bajos fondos o persecuciones rurales por doquier. Los mismos Dickens y Collins se dedican a presentarnos a los policías como un equipo de decididos defensores de la ley y el orden, de manera un tanto naif en el primero y con un excelente sentido del humor en el segundo. Pero lo cierto es que, en el conjunto de autores, lo que encontramos son los temas y tipos que harán del género una literatura de éxito y el paso de la aventura folletinesca al relato deductivo.
Por ejemplo, ¿quién iba a sospechar que ya en la época victoriana había mujeres detectives? Pues ahí están la Loveday Brooke del relato de C. L. Pirkis o la detective profesional Dorcas Dene, que dispone hasta de un redactor de sus aventuras, lo mismo que Holmes dispone de Watson. No es la única, también el Martin Hewitt de Arthur Morrison dispone de cronista y, en su caso, se trata de un detective deductivo a lo Holmes aunque más pegado a la realidad. Hay policías que cuentan sus casos, como sucede en los relatos de McLevy, aunque son simples porque Scotland Yard está recién creado y no importa tanto la sorpresa como la creación de un clima. El que firma Waters introduce por vez primera análisis de laboratorio y estudio de pistas; y tenemos ejercicios de desencriptamiento de un texto como en el caso de Forrester. Hay aventuras puras, como en el caso de ‘La misteriosa pierna humana’, donde la emoción procede de la necesidad de evitar que una carta llegue a su destino, muy a lo Collins, dentro de un chantaje. Hay autores como Grant Allen, de enorme cultura y decidido darwinista, que se revela como un autor sutil, ingenioso y bromista, y no faltan ni un secreto del pasado ni el detective diletante, deductivo, rico por su familia y opinante sobre todo lo divino y humano como el príncipe Zalesky de Shiel, que todo lo resuelve desde su chaisse longue. También disponemos de una escritora, caso todavía infrecuente en el género: Ellen Wade.
En resumen: un libro inexcusable para los amantes del género. Y para los que no lo son. Al fin y al cabo, el misterio es siempre el misterio.
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
El artículo que acabo de volcar, dedicado a Lovecraft, venía enlazado a este otro, que nos informa de novedades editoriales sobre literatura fantástica.
LOS FANTASMAS ACECHAN
La literatura fantástica es un arte de carencia y
deseo: buscamos todo cuanto nos falta, todo aquello que la realidad no
satisface y que, sin embargo, una vez hallado nos induce al temor a perderlo o
al horror de haberlo encontrado. Esta cadencia entre falta y deseo es propia de
cada individuo, pero también de cada época. Las historias de fantasmas nos
atraen porque, en ellas, exploramos miedos humanos —a la muerte, al recuerdo—,
pero también porque sugieren cuanto está ausente en la realidad colectiva. La
nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se
disuelve en el aire. Nuestras casas y prendas ya no son nuestras —y acaso
tampoco nuestras vidas—, ¿a quién pertenecen entonces?, ¿nos hemos convertido
en fantasmas de casas y cuerpos que no nos pertenecen?
En El hombre que perseguía al tiempo, de
Diane Setterfield, el capitalista vislumbra, alucinado, dos paisajes bajo la
lluvia: en el primero, avista un titánico centro comercial donde solo hay una
hondonada; en el segundo, el templo del consumo que él mismo erigió se derrumba
como una cascada de cristal y mármol. Parecen contradecirse, pero ambos afirman
lo mismo, que todo aquel afán de edificar y enriquecerse era solo un espejismo:
la superficie tersa y brillante de una pompa rellena de aire. La nuestra, qué
duda cabe, es una época de burbujas que estallan, pero también lo son nuestras
vidas, que pasamos como niños persiguiendo pompas de jabón. Cuando por fin se
desvanecen, buscamos dentro de ellas al fantasma de nuestros días.
Nada tiene de extraño que nos gusten los
fantasmas, tanto los de nuestra era como aquellos que, en otros tiempos,
ejecutaban ya esta eterna danza entre la carencia y el deseo. Comencemos, pues,
con una de aquellas viejas historias que hoy nos siguen seduciendo: escondida
entre pilas de legajos polvorientos, un anticuario encuentra una carta en
latín, la angustiada confesión de un vicario, en la que advierte a los curiosos
que se guarden de buscar el relicario de la rectoría de… Faltan datos, pero el
aplicado erudito encontrará el lugar exacto, excavará la undécima tumba y, por
supuesto, hallará el relicario. Desde ese instante, un vaho le acechará a cada
paso, le perseguirá un olor a moho y, atisbará, desde su ventana, una figura
harapienta que parecerá cada noche más cercana. M. R. James jamás
escribió este relato, pero podría haberlo hecho, pues la mayoría de sus Cuentos
de fantasmas (1904-1928) nos hablan de arqueólogos y estudiosos que
encuentran documentos que sugieren espantos, demonios que habitan todavía los
sitiales del coro o el vitral de la abadía, grabados por los que pululan
espectros y tesoros custodiados por criaturas hediondas.
Siruela reedita sus Cuentos
de fantasmas, una selección de algunas de sus mejores historias;
sin embargo, si James regresara ahora como alma en pena, quizá se sorprendiera
al descubrir que sus únicos escritos reeditados sean sus relatos terroríficos.
Montague Rhodes James fue medievalista de prestigio, experto en apócrifos,
catedrático en Cambridge, rector en Eton. Dedicó su vida a la historia, la
arqueología y el estudio de los clásicos y, de cuando en cuando, pergeñaba
cuentecillos como divertimento. James comenzó leyéndolos ante sus amigos de la Chitchat Society
y pronto sus lecturas se convirtieron en un acontecimiento. Revisitados hoy,
podemos imaginar a sus colegas y alumnos escuchándole y pasando de la sonrisa
al escalofrío. Sus personajes resultan jocosos en su grisura y, sin duda, James
gozaba ironizando sobre la cotidianidad de académicos y anticuarios; sin
embargo, esa banalidad queda pronto impregnada por un hálito maligno, por un
miasma del pasado que se va volviendo más intenso hasta adoptar, por un
instante, una forma táctil e insoportable.
La muerte vela por los contornos de los objetos y
prendas del pasado y, de algún modo, quienes los palpan e investigan acaban
envueltos por ese mismo velo. Los cuentos de fantasmas nos plantean a un tiempo
el enigma de la muerte y el enigma del pasado: ¿quiénes habitaron la casa?,
¿qué soñaban?, ¿qué queda de ellos? Preguntas que, en el fondo, no atañen sino
a nuestra propia mortalidad y a la fugacidad de nuestro tránsito sobre la
tierra. Esta angustia por la muerte late también en otro notable cuento
victoriano, La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton,
recientemente reeditado por Impedimenta. Regresamos a la morada embrujada por
pasiones que siguen latiendo en las paredes, recuerdos de una tragedia
desgajada del tiempo, repetida sin fin, reticente a abandonarnos.
En La casa y el cerebro,
Bulwer-Lytton se despoja del ropaje gótico de Zanoni (1842) para ofrecer una
historia más moderna, plagada de fenómenos sobrenaturales que ascienden hacia
un clímax de alucinación y miedo, en el que entrevemos un éter por el que
flotan larvas y entidades, como amebas vistas por el microscopio. Bulwer-Lytton
parece dar un paso adelante, pues atribuye las apariciones a una voluntad tan
poderosa como humana. En la segunda parte del relato, conoceremos al hombre
capaz de detentar semejante poder sobre la materia y sobre la mente de sus
semejantes. Sin embargo, es aquí donde el paso adelante de Bulwer-Lytton
resulta ser un paso en falso, pues si bien niega la existencia de fantasmas,
nos devuelve la angustia por la mortalidad, el anhelo de la vida eterna, el
deseo de permanecer, para siempre, en el mundo de los vivos.
Dicha angustia, dicho anhelo, explica en parte el
éxito del que gozan todavía los cuentos espectrales. Quizá por ello, a los
editores ingleses de El hombre que perseguía al tiempo (2013) no les
tembló el pulso al venderla como ghost story, una ávida engañifa que,
no obstante, lo es solo en parte. Es un embuste porque no hay en ella espectros
o aparecidos —y, de hecho, la edición castellana de Lumen prescinde de este
subterfugio—, pero tiene algo de cierto en la medida en que retrata a un
personaje convertido, en vida y por su propia mano, en un fantasma.
El hombre que perseguía al tiempo carece
de la riqueza literaria y bibliófila del anterior libro de Diane Setterfield, El
cuento número trece; pero comparte con él un rasgo de interés,
pues en ambos casos sus protagonistas reniegan de la vida y se enclaustran en
torres de libros o montañas de números, en relatos o cálculos que suplantan la
vida. William Bellman —protagonista de la obra— es un industrioso súbdito
inglés que levanta empresas y amasa fortunas, mejora la producción, moderniza
fábricas, abre mercados y, a la postre, resulta incapaz para la vida. Durante
la primera parte de la novela, la amabilidad con la que Setterfield evoca la
juventud de William resulta irritante, pues la autora olvida su condición de
explotador e idealiza su relación con los obreros; sin embargo, en la segunda
parte comprendemos que era la melancolía quien doraba la luz de aquellos días.
Tras una serie de tragedias, Bellman decide
erigir un emporio de pompas fúnebres en Londres, pero los difuntos no son tanto
sus clientes como él mismo: será él quien acabe enterrado dentro de un
gigantesco mausoleo, el centro comercial de artículos luctuosos que dirige y gobierna
mientras se va consumiendo. Karl Marx sugirió que el capitalismo es materia muerta que
vampiriza músculo y latido, jornadas que acortan nuestro aliento por un sueldo,
el tiempo de la vida convertido en tiempo de muerte a cambio de dinero. Aunque
de manera inconsciente, Diane Setterfield ilustra esta premisa y la novela, que
avanza con la solemnidad y el boato de un regio funeral victoriano, acaba no
siendo nada más que el epitafio de un hombre insignificante. La vida del
fantasma William Bellman queda narrada y, sin embargo, quedan por contar todas
aquellas otras de las costureras, dependientas y contables a los que Bellman
vació también de vida.
Una bandada de grajos sobrevuela El hombre
que perseguía al tiempo. Los grajos son presagios de muerte, omina
mortis que un augur habría escuchado para, después, menear la cabeza y
anunciarnos que no hay esperanza. Pero los grajos vuelan también en nubes de
algarabía, proclamando que, por funesto que sea el presagio, la vida sucede
mientras tanto y que, por más que efímera, la vida que vuela es también un
espectáculo. Quizá era esta la lección que debieron aprender los personajes de
James —anhelantes de objetos polvorientos, incunables y basura de otros
tiempos, afanados en leer cronicones medievales para escribir mamotretos
académicos y legarlos al porvenir—, que la vida, entretanto, estaba en otra
parte, acaso en momentos tan mundanos como los almuerzos, las charlas y los
paseos.
También Robertson
Davies conocía bien la vanidad y la trivialidad de la vida académica, pues
no en vano fue decano de Massey College desde 1963. Ese mismo año comenzó a
escribir anualmente un relato de fantasmas para las celebraciones navideñas. En
1982, ya retirado, las recopiló bajo el título Espíritu festivo,
recientemente publicado por Libros del Asteroide. Las lecturas de Davies
debieron divertir tanto a su público como a aquellas de M. R. James, pero
no estremecerían ni a un ratón, pues su reino es el de la parodia y la farsa.
En parte, la culpa la tiene Massey College, un edificio recién estrenado,
flagrantemente nuevo —nada que ver, por tanto, con la vetusta mampostería
gótica que arropa a los fantasmas británicos—; pero el principal responsable de
esta indecorosa falta de pavor la tiene el propio Davies.
Tras convertirse a sí mismo en personaje de sus
cuentos, Davies se pasea junto a las ánimas ilustres de la reina Victoria,
santa Lucía, lord Fauntleroy, Satanás, Frank Einstein o incluso Henrik Ibsen,
que se asoma por allí para fruncir el entrecejo. Como todos los fantasmas, los
de Davies algo quieren —leer su tesis, comer hasta reventar, ser reconocidos
por la crítica o volver a casa por Navidad— y el autor los acoge amablemente,
aun a sabiendas de que habrán de traerle quebraderos de cabeza. “Los fantasmas
son unos ególatras desmesurados: la fuerza viva de la egolatría que se niega a
aceptar la realidad de la muerte”, escribe Davies, y acaso sea esta vanidad la
que les otorga su inusitada vivacidad de ultratumba, esa pasión por bagatelas y
fruslerías que da sazón a cada uno de nuestros días; pues también nosotros
somos fantasmas embargados por deseos elevados, que intentamos satisfacer
mientras la vida —como una pompa— se nos escapa entre las manos.
El hombre que perseguía
al tiempo. Diane Setterfield. Traducción
de Rubén Martín Giráldez. Lumen. Barcelona, 2013. 336 páginas. 20,90 euros.
Cuentos de fantasmas.
M. R. James. Varios traductores. Siruela. Madrid, 2014. 344 páginas. 19,95
euros.
La casa y el
cerebro. Edward Bulwer-Lytton. Traducción de Arturo
Agüero Herranz. Impedimenta. Madrid, 2013. 108 páginas. 14,95 euros.
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
Recientemente (2014-03-08) se ha publicado el siguiente artículo en el periódico El País, que puede completar el apartado de los orígenes y evolución de la novela gótica.
El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) comienza precisamente con el recuerdo dorado de Providence, retomando los paseos juveniles que Lovecraft relataba en sus cartas. Lovecraft amaba Providence porque fue ella quien alumbró su vida estética y espiritual, porque fue en sus arboledas donde de niño levantó altares a Pan, Diana y Minerva, donde creyó ver a faunos y dríadas; allí fue donde descubrió, en la biblioteca de su abuelo, los tesoros mitológicos de Grecia y Las mil y una noches; pero Lovecraft amaba también Providence porque en ella el pasado sobrevivía al presente y, entre otras cosas, las obras de Lovecraft nos hablan del intento de derrotar al tiempo, esa “especie de especial enemigo mío”.
Lovecraft era un soñador inmenso a la par que un materialista convencido y, debido a ello, sus personajes intentan escapar al tiempo o vulnerar las leyes físicas, pero acaban estrellándose contra el horror de haberlas transgredido. En El resucitador (Periférica), Herbert West inyecta en las venas de los cadáveres “el impulso que los llevará de vuelta a ese estado motriz al que llamamos vida”; en Charles Dexter Ward, Joseph Curwen conjura a los muertos desde sus cenizas para interrogarles sobre saberes prohibidos; los ancianos de Las montañas de la locura despiertan de un sueño de eones para descubrir sus ciudades engullidas por el hielo antártico y estragadas por abominaciones que otrora fueran sus siervos. En todas ellas, el leve tiempo humano queda trascendido, pero solo para enfrentarse al horror de la carne corruptible, para ser devorado por el pasado hecho presente o para perderse en los océanos del infinito, donde nuestras vidas son solo polvo a la deriva.
La lucha contra el tiempo es un agon entre el antes y el después, ambos instancias del no-ser; no podemos ganar, pero sí fugarnos hacia la fantasía o el ensueño. La guerra de Lovecraft contra el tiempo le llevó a verse a sí mismo como un anciano, como un caballero dieciochesco que no hallaba su lugar ni en el siglo ni en las letras estadounidenses. El mundillo de la prensa amateur le ofrecía consuelo literario, pero no un lugar para su obra. El resucitador, por ejemplo, apareció en Home Brew, por encargo del editor G. J. Houtain. Lovecraft aceptó a regañadientes, disgustado por tener que doblegarse al trabajo mercenario y a la estructura de serial, con su típico clímax al final de cada episodio. Pese a ello, El resucitador es una joya de lo macabro y lo grotesco, una exploración de los límites del decoro artístico —es decir, de lo decible y lo mostrable— que, sin embargo, Lovecraft contempla con la complacencia irónica del espectador de una farsa granguiñolesca.
LOVECRAFT
EN LA TUMBA DE Howard Phillips
Lovecraft (1890-1937) se lee un sencillo epitafio, “yo soy Providence”. Bajo
ella yace el hombre cuya obra fue una lucha contra el tiempo. Lovecraft amaba
Providence como solo pueden amarse los paraísos perdidos de la infancia. Los
pórticos coloniales, las empinadas callejuelas, los álamos, los tejados y los
chapiteles georgianos, virados por el perpetuo crepúsculo de la memoria; poco
queda ya de todo aquello salvo en las cartas, cuentos y sueños de Lovecraft.
Con motivo de las tres últimas reediciones de sus obras —dos de Acantilado y
una de Periférica— y la aparición de una nueva antología de cuentos
lovecraftianos —editada por Valdemar—, regresamos a las páginas del autor de
Providence.
El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) comienza precisamente con el recuerdo dorado de Providence, retomando los paseos juveniles que Lovecraft relataba en sus cartas. Lovecraft amaba Providence porque fue ella quien alumbró su vida estética y espiritual, porque fue en sus arboledas donde de niño levantó altares a Pan, Diana y Minerva, donde creyó ver a faunos y dríadas; allí fue donde descubrió, en la biblioteca de su abuelo, los tesoros mitológicos de Grecia y Las mil y una noches; pero Lovecraft amaba también Providence porque en ella el pasado sobrevivía al presente y, entre otras cosas, las obras de Lovecraft nos hablan del intento de derrotar al tiempo, esa “especie de especial enemigo mío”.
Lovecraft era un soñador inmenso a la par que un materialista convencido y, debido a ello, sus personajes intentan escapar al tiempo o vulnerar las leyes físicas, pero acaban estrellándose contra el horror de haberlas transgredido. En El resucitador (Periférica), Herbert West inyecta en las venas de los cadáveres “el impulso que los llevará de vuelta a ese estado motriz al que llamamos vida”; en Charles Dexter Ward, Joseph Curwen conjura a los muertos desde sus cenizas para interrogarles sobre saberes prohibidos; los ancianos de Las montañas de la locura despiertan de un sueño de eones para descubrir sus ciudades engullidas por el hielo antártico y estragadas por abominaciones que otrora fueran sus siervos. En todas ellas, el leve tiempo humano queda trascendido, pero solo para enfrentarse al horror de la carne corruptible, para ser devorado por el pasado hecho presente o para perderse en los océanos del infinito, donde nuestras vidas son solo polvo a la deriva.
La lucha contra el tiempo es un agon entre el antes y el después, ambos instancias del no-ser; no podemos ganar, pero sí fugarnos hacia la fantasía o el ensueño. La guerra de Lovecraft contra el tiempo le llevó a verse a sí mismo como un anciano, como un caballero dieciochesco que no hallaba su lugar ni en el siglo ni en las letras estadounidenses. El mundillo de la prensa amateur le ofrecía consuelo literario, pero no un lugar para su obra. El resucitador, por ejemplo, apareció en Home Brew, por encargo del editor G. J. Houtain. Lovecraft aceptó a regañadientes, disgustado por tener que doblegarse al trabajo mercenario y a la estructura de serial, con su típico clímax al final de cada episodio. Pese a ello, El resucitador es una joya de lo macabro y lo grotesco, una exploración de los límites del decoro artístico —es decir, de lo decible y lo mostrable— que, sin embargo, Lovecraft contempla con la complacencia irónica del espectador de una farsa granguiñolesca.
Charles Dexter Ward ni
siquiera llegó a ser publicada en vida de Lovecraft. En ella, la crónica
histórica y la investigación erudita descienden en espiral hacia un horror
inefable; poco a poco, se multiplican los adjetivos, proliferan los adverbios,
pero solo para apuntar hacia un lugar tan espantoso que no puede ser nombrado,
pero sí evocado como una sensación aborrecible, ominosa, blasfema. Otro tanto
sucede con En las montañas de la locura, que comienza con el
rigor del registro científico para ir fundiéndose —como un carámbano— hacia el
horror de lo informe y hacia esa poesía melancólica y sublime que solo poseen
las civilizaciones perdidas y los desiertos de la Antártida. En
las montañas de la locura desagradó a los lectores de Astounding
Stories, más acostumbrados a “la convencionalidad, la banalidad, lo
artificioso, las falsas emociones y lo estrambótico” que Lovecraft achacaba a
la ciencia ficción.
Frente al desdén de su época,
legiones de seguidores y epígonos han encumbrado a Lovecraft post mortem.
Decía Baudelaire
que la mejor crítica a una obra artística es otra obra de arte, tal es el caso
de la antología Alas tenebrosas, seleccionada por S. T. Joshi. No
abundan en ella tentáculos, libros prohibidos y tópicos ni dioses de improbable
fonética, pero todos ellos nos permiten asomarnos a los abismos del tiempo y a
los misterios de un cosmos indiferente. Sus autores reinterpretan no el estilo
sino la filosofía lovecraftiana y nos hacen sentir de nuevo “el chirriar de
formas y entes exteriores en el límite más recóndito del universo conocido”. El
fantasma de Lovecraft regresará a Providence, Pickman volverá a retratar a sus
modelos, los demonios inferiores plagarán la tierra una vez más y la magia
antigua reinará de nuevo, ¿es posible homenaje mejor al hombre que intentó
doblegar el tiempo? En la tumba de Lovecraft se lee un sencillo epitafio, “yo
soy Providence”; a veces, un lápiz anónimo garabatea debajo: “que no está
muerto lo que eternamente puede yacer / y con los extraños eones hasta la
muerte misma puede morir”.
lunes, 13 de enero de 2014
LITERATURA UNIVERSAL: OTRA VUELTA DE TUERCA, de Henry James
Como os había prometido en clase, os enlace el tema de La Monja Enana titulado "Los Inocentes", que tiene mucho que ver con la versión cinematográfica que estamos viendo de la obra de H. James.
domingo, 12 de mayo de 2013
domingo, 2 de diciembre de 2012
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
Casi todos los contenidos propuestos en el temario están ya analizados en entradas anteriores, pero algunos autores no aparecen en esos apuntes. Vamos a ellos.
De Robert Louis Stevenson tenéis información suficiente en esta página:
Stevenson
De la misma página es la información referida a H.G. Wells:
Wells
De Bram Stoker, creador de Drácula, hay dos entradas interesantes:
Stoker
Drácula
Y por último, de Jules Verne:
Verne
Y una página dedica en exclusiva al autor:
Verne (2)
Por último, unos apuntes sobre Henry James y otros autores en lengua inglesa del mismo periodo, entre ellos uno de los del temario, Oscar Wilde:
Literatura en lengua inglesa
De Robert Louis Stevenson tenéis información suficiente en esta página:
Stevenson
De la misma página es la información referida a H.G. Wells:
Wells
De Bram Stoker, creador de Drácula, hay dos entradas interesantes:
Stoker
Drácula
Y por último, de Jules Verne:
Verne
Y una página dedica en exclusiva al autor:
Verne (2)
Por último, unos apuntes sobre Henry James y otros autores en lengua inglesa del mismo periodo, entre ellos uno de los del temario, Oscar Wilde:
Literatura en lengua inglesa
lunes, 26 de noviembre de 2012
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
En el siguiente enlace, ya citado en los demás temas, tenéis referencias a las versiones cinematográficas y operísticas (que veremos en clase) de la lectura obligatoria, así como una breve mención a otras obras de la novelas gótica.
Otra vuelta de tuerca, de nuevo
Y por último, la novela policiaca, el tercer epígrafe del tema. Se trata del prólogo a la Antología del relato policiaco, de la editorial Vicens Vives.
Novela policiaca
Otra vuelta de tuerca, de nuevo
Y por último, la novela policiaca, el tercer epígrafe del tema. Se trata del prólogo a la Antología del relato policiaco, de la editorial Vicens Vives.
Novela policiaca
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
El segundo apartado del tema es el origen y desarrollo de la novela gótica y de terror. Os ofrezco enlaces de interés donde viene la información más destacada e importante:
Novela gótica (1)
Novela gótica (2)
Novela gótica (3)
Novela gótica (4)
Y como curiosidad, una página dedicada en exclusiva al género, donde podéis encontrar numerosos relatos:
Literatura gótica (1)
Y otra página donde podéis descargar obras completas de las que se hablarán en los apuntes:
Literatura gótica (2)
Y por último, los apuntes sobre los orígenes de la literatura gótica:
Orígenes de la literatura gótica
Novela gótica (1)
Novela gótica (2)
Novela gótica (3)
Novela gótica (4)
Y como curiosidad, una página dedicada en exclusiva al género, donde podéis encontrar numerosos relatos:
Literatura gótica (1)
Y otra página donde podéis descargar obras completas de las que se hablarán en los apuntes:
Literatura gótica (2)
Y por último, los apuntes sobre los orígenes de la literatura gótica:
Orígenes de la literatura gótica
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
En España, el dibujante Keko ha ofrecido su versión de Otra vuelta de tuerca en su novela gráfica La protectora (las viñetas son sólo una muestra, y no están ordenadas):
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
Lo primero que vamos a estudiar es al autor. Os ofrezco un muy breve resumen de su biografía, de sus características y de su relación con el tema anterior, el realismo ruso:
Henry James (1)
Quien quiera más información, ahí van más enlaces:
Henry James (2)
Henry James (3)
Henry James (4)
Henry James (5)
De esta última página es la primera interpretación de la lectura obligatoria, Otra vuelta de tuerca:
Interpretación (1)
Y a continuación, más valoraciones y comentarios sobre dicha obra, que creo que pueden ayudar en su lectura y comentario:
Interpretación (2)
Interpretación (3)
Y un trabajo escolar, pero no por ello menos interesante:
Interpretación (5)
Henry James (1)
Quien quiera más información, ahí van más enlaces:
Henry James (2)
Henry James (3)
Henry James (4)
Henry James (5)
De esta última página es la primera interpretación de la lectura obligatoria, Otra vuelta de tuerca:
Interpretación (1)
Y a continuación, más valoraciones y comentarios sobre dicha obra, que creo que pueden ayudar en su lectura y comentario:
Interpretación (2)
Interpretación (3)
Y un trabajo escolar, pero no por ello menos interesante:
Interpretación (5)
LITERATURA UNIVERSAL: HENRY JAMES
Empezamos nuevo tema y, como siempre, lo primero es la lectura obligatoria. Os ofrezco varios enlaces:
Otra vuelta de tuerca (1)
Otra vuelta de tuerca (2)
Otra vuelta de tuerca (3)
Otra vuelta de tuerca (4)
Y como apoyo, una guía de lectura. Os recomiendo leerla antes de la obra, para así fijaros en los aspectos que esta guía considera más importantes:
Guía de lectura
Os dejo también un enlace a una antología de relatos suyos:
Henry James
Y un relato gótico:
Maud Evelyn
Otra vuelta de tuerca (1)
Otra vuelta de tuerca (2)
Otra vuelta de tuerca (3)
Otra vuelta de tuerca (4)
Y como apoyo, una guía de lectura. Os recomiendo leerla antes de la obra, para así fijaros en los aspectos que esta guía considera más importantes:
Guía de lectura
Os dejo también un enlace a una antología de relatos suyos:
Henry James
Y un relato gótico:
Maud Evelyn
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