martes, 6 de mayo de 2014

LIT. UNIVERSAL: AMÉLIE NOTHOMB

Ahora hablemos de películas. Sofia Coppola desarrollo su historia de amor y soledad en Tokio en Lost in translation, película de la que habla el siguiente comentario:

Soledades compartidas y emoción intensa

Hay ocasiones en las que los silencios resultan mucho más elocuentes que las palabras, por bien escritas que estén o por muy convincentes que suenen. Hay veces en las que la emoción resiste cualquier tipo de aná-lisis, momentos mágicos en los que la pantalla transmite algo que se te mete por los ojos y va directamente a lo más profundo, a tu corazón, a tu estómago o a donde sea que se esconde esa parte de nosotros que no entiende de razones y explicaciones, que se limita a sentir y a conectarse con una emoción pura que rompe la barrera entre creador y destinatario de la obra convirtiendo a este último en cómplice de ese misterio que rodea a algunas películas que parecen hechas expresamente para uno mismo. Suelen ser obras que apelan a lo más elemental, al tema más universalmente retratado (no ya por el cine, sino por cualquier manifestación artística) y al mismo tiempo, fuente inagotable de historias: el amor, la necesidad de afecto, la huida de la soledad, de ese vacío emocional que parece tan intrínseco al ser humano.

  De todo ello habla "Lost in translation", película que pertenece a ese raro grupo de obras inclasificables, que se resisten a cualquier etiqueta, bien porque su naturaleza escapa a las mismas, bien porque cualquier calificativo que pueda hacerse sobre ella afronta el riesgo de quedarse corto o, al menos, resultar insuficiente para abarcar su peculiar condición, precisamente porque su importancia va mucho más allá de las palabras. A ese grupo privilegiado pertenecen obras tan distintas entre sí en planteamientos y resultados como "Breve encuentro" (David Lean, 1945), "Los puentes de Madison" (Clint Eastwood, 1993), "Antes del amanecer" (Richard Linklater, 1994), "Una relación privada"  (Frederick Fonteyne, 1999), o "Deseando amar (In the mood for lo-ve)" (Wong Kar Wai, 2000); pero películas todas ellas en las que se parte del argumento más elemental del mundo, (un hombre, una mujer y la relación que se establece entre ellos) para reflexionar sobre lo que muchos consideramos como la parte más esencial de la vida, ese universo tan maravilloso y apasionante como fugaz y frágil al que todos aspiramos a vivir con toda su intensidad al menos una vez a lo largo de nuestra existencia. No existe aspiración más humana y universal que esa necesidad de compartir, de crear, de sentir y abandonarse en el que está a tu lado, más allá de su condición de pareja, amante, esposo, objeto del deseo o casual coincidencia en tu vida.

  Bob es un actor maduro que ha sobrepasado la cincuentena. Su presencia en Tokio tiene que ver con un suculento contrato publicitario para promocionar una marca de whisky, pero se percibe con facilidad que huye de un cierto naufragio existencial (“¿Tengo que preocuparme, Bob?”, le dice su esposa al móvil, “Sólo si tú quieres”, contesta él). Charlotte es una veinteañera recién casada con un fotógrafo demasiado ocupado con sus obligaciones laborales al que ha acompañado a la misma ciudad y en la que rápidamente se encuentra sola, intentando comprender ese vacío que empieza a sentir en su interior (“Hoy he estado en un templo budista, había monjes rezando en voz alta y no he sentido nada”, confiesa entre lágrimas de impotencia a una amiga al teléfono) y que la hace sentirse más y más perdida. Ambos comparten un espacio común, un aséptico e impersonal hotel que, en cierto modo, les protege del otro gran protagonista de la historia: la misma ciudad de Tokio, una urbe alienígena que no llega a ser hostil, pero está llena de luz de neón, ruido y de una cultura extraña que aumenta aún más su confusión interior, esa indefinible sensación de vacío y de pérdida. Están destinados a encontrarse y a entenderse.

  Sofia Coppola, que ya nos sorprendió agradablemente en su momento con esa película tan personal, atrevida y extrañamente poética que era "Las vírgenes suicidas", aborda la peripecia de es-tos náufragos existenciales a la deriva, desplazados tanto física como emocionalmente, desde una perspectiva tan brillante como sensible. En un tiempo en el que el cine parece depender como nunca del diálogo como medio de expresión, ella busca constantemente la imagen, el silencio y las miradas cómplices para recrear una de las historias de amor más fascinan-tes y hermosas de los últimos tiempos. Más allá de que domine ese equilibrio siempre difícil de conseguir entre drama y comedia (administrando hábilmente las dosis de humor que provoca la mira-da entre irónica y desconcertada de un Bill Murray inmerso en la incomprensible cultura nipona con la amarga sensación de incómoda soledad que desprende Scarlett Johansson en la habitación de su hotel, mientras contempla desde su ventana la ciudad), Coppola consigue que el proceso de acercamiento entre dos seres tan aparentemente opuestos sea tan natural como inevitable. Dos personas que no saben nada el uno acerca del otro, que están de paso en esa ciudad inescrutable, pero que disponen del tiempo suficiente para compartir sus soledades y cruzarse de forma silenciosa, casi imperceptible, intimidades que ocultan a sus seres queridos y hasta a sí mismos.

  La comunicación de estos dos personajes está construida por esas miradas de comprensión de dos personas que, mucho más allá de sus evidentes diferencias, reconocen el uno en el otro la misma necesidad de compartir parte de ese vacío que no son capaces de definir, mucho menos de expresar. Coppola crea un ambiente mágico en el que una copa nocturna en el deprimente bar del hotel, una película compartida en una habitación para combatir el insomnio, un alocado paseo por esa ciudad que parece fruto de una alucinación, una carta deslizada debajo de una puerta o una caricia furtiva se convierten a ojos del espectador en momentos de enorme fuerza en los que se respira una complicidad que supera cualquier barrera y que, lenta pero inexorablemente, crean unos profundos lazos de afecto entre ambos.

  Los protagonistas de "Lost in translation" saben de sobra que el tiempo que van a estar juntos es pasajero. Su relación es, qué duda cabe, una forma de romance, pero va mucho más allá de eso: la intimidad que Bob y Charlotte comparten no entiende de etiquetas fáciles. Decir que eso tan complicado de definir como lo que se suele llamar química existe entre los dos actores sería desde luego insuficiente ante la intensidad de la emoción que produce el con-tinuo diálogo de gestos, roces, miradas y sentimientos que se establece como un torrente entre ambos (la maravillosa secuencia de la conversación en la cama, coronada con un sublime detalle de sensibilidad o la conmovedora secuencia del karaoke son sólo dos ejemplos entre todo un océano de momentos memorables), un mapa de los muy distintos estados de ánimo que conforman el alma de la película.


  Más allá de la exquisita fotografía deLance Acord, de la compleja y ajus-tada banda sonora, del inteligente trabajo de puesta en escena de Coppola de su propio guión o la impresionante interpretación de dos actores entregados y sublimes, "Lost in translation" siempre perdurará en la memoria por un final apoteósico, de una belleza tal que provoca que broten con facilidad esas lágrimas que sólo pueden surgir de la emoción pura y nunca manipulada, un final tan inmejorable como inolvidable. No se extrañe si al terminar la proyección algo le duele y no sabe exactamente dónde: esta es una de esas películas que apuntan al interior de uno y remueven lo más profundo. Como esas palabras que, con suerte, a veces nos han susurrado al oído sin que nadie más las escuche.

Extraído de (pincha en el cartel):



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